El llanto

Y entonces fue cuando decidió por fin detenerse, se salió del camino y busco la sombra de un árbol. Lentamente se acomodó apoyando su espalda sobre el tronco, sintiendo la rugosidad sobre su espalda mojada. Miró hacia el horizonte y comenzó a llorar.

Al principio, primero solo salieron algunos quejidos. Suaves sibilaciones provenientes de su nariz al ritmo cada vez más agitado de su respiración. Unas incipientes gotas de agua comenzaron a brotar de sus ojos aún claros. Sus manos ya temblaban y no encontraba cómo acomodarlas en su cuerpo.

Sus ojos entonces se tornaron colorados y las gotas de sus ojos comenzaron a engrosarse. El suave silbido de su nariz se empezó a convertir en una especie de graznido. Su nariz empezaba a taparse y el ritmo de su respiración vacilaba, así como vacilaba su mente inquieta llena de angustia. En el cielo las nubes cubrieron la luz del sol y un frío extraordinario surgió de la nada. Su piel reaccionó volviéndose de gallina.

Poco después se soltó finalmente toda la fuerza de su sentimiento tanto tiempo atrapado en su interior. Las lágrimas corrían como ríos furiosos sobre sus mejillas, apenas respiraba debido a sus fuertes sollozos. Agua salada corría de sus ojos y su nariz y mojaba primeramente las palmas de sus tembleques manos y luego se derramaba estrepitosamente sobre todo su cuerpo. El frío que sentía le calaba hasta los huesos y todo el cuerpo temblaba sin control. Era el momento en que toda la fuerza del llanto salía liberado, tanto tiempo y tanta vida se consumía mientras su interior se vaciaba.

Finalmente, así como había empezado, todo empezó a ceder. A medida que su interior se vaciaba, su cuerpo dejó de temblar, dejó de sentir frío y las lágrimas cesaron. Su cuerpo y su cara volvieron a estar secos. Sus ojos volvieron a estar claros y respiraba limpiamente.

Entonces volvió a salir el sol. Ágilmente se incorporó y camino con firmeza hacia el camino. Y así continuó con su camino, buscando su final destino.

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